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ASCENCIÓN AL MULHACEN (SIERRA NEVADA)

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Todo comenzó en la Navidad de 2016, Azules Quebradas (pequeño grupo aficionado al senderismo, la naturaleza, y la montaña... y tan pequeño, puesto que sólo somos tres miembros) estábamos reunidos, tomando algo, y en animada tertulia. La conversación versaba sobre nuestros intentos fallidos de ascender a la cumbre del pico Almanzor, el más alto de Gredos, en la provincia de Ávila.

 

Primero lo había intentado Pili, la fémina de nuestro grupo, allá por Octubre de 2015, acompañada de un amigo británico, Trevor, “el paciente inglés”... tuvieron mala meteorología, y ella, la más osada, se había quedado a la altura de la portilla del Crampón, a 2544 metros, rodeada de granítica roca por todas partes y con el abismo de “Las Canales Oscuras” y el “Cuerno del Almanzor” frente a ella, pero no pudo continuar más... por un lado el cansancio y por otro la niebla y el granizo, les obligó a descender y buscar cobijo en el refugio Elola. El segundo intento lo probamos Manolo y un servidor, los componentes masculinos de este pequeño club... fue en Agosto de 2016. Tuvimos buen tiempo, hacía calor pero no demasiado, y después de una ruta que nos llevó once horas y media, contando ida, vuelta, y sus correspondientes paradas, tampoco conseguimos hacer cumbre en este mítico pico. Nos quedamos a unos doce metros de llegar al vértice geodésico que marca el punto más alto de esta montaña, y todo porque llegamos al lugar más crítico de toda la ascensión, una escalada de grado tres que no sabíamos cómo afrontar, y el miedo y la precaución nos hicieron retroceder. Pero volveremos...

 

Como digo, estábamos rememorando esos momentos y fue cuando a mí se me ocurrió sugerir que por qué no probábamos a subir al Mulhacen, pico más alto de toda la península, con sus 3479 metros, que yo había visto en internet que la ascensión era “más cómoda” que la del Almanzor, y aparte, estaríamos más alto, como diciendo: “Almanzor, jódete, no me dejaste hollar tu cumbre, pero aquí, estoy más arriba” y así fue, llegó este verano, este mes de Agosto, y para Granada que pusimos rumbo. Una semana de ciudad, de Albaycin, de Sacromonte, de Alhambra, aunque sólo vista por fuera, de playa, y como no, de montaña. Y por fin, el 21 de Agosto cogimos la autovía de Sierra Nevada, y en la salida 164 nos desviamos hacia Lanjarón, pueblo blanco de las alpujarras granadinas, en las faldas de esta imponente sierra, y atravesamos otros pueblos serranos, también blancos, por una carretera de buen asfalto pero plagada de curvas y más curvas, y llegamos a nuestro primer destino: Capileira, otro de éstos pintorescos pueblos, situado a casi 1500 metros de altitud donde nos esperaba un microbús, en el que previamente y por teléfono habíamos reservado plaza. Este microbús nos subió durante una hora y casi 20 kms de recorrido, más otro montón de curvas, por una pista de tierra que a veces transitaba demasiado cerca de la orilla del terraplén, cuya caída parecía no tener fin...

 

Llegamos hasta un paraje denominado Alto del Chorrillo, a 2700 metros de altitud, y desde aquí, un desnivel de casi 800 metros para alcanzar la cumbre del Mulhacen. Comenzamos a subir los primeros cogiendo un estrecho y empinado sendero... el resto de acompañantes del microbús cogieron un camino más ancho y menos empinado y se quedaron más atrás, pero más tarde algunos nos fueron adelantando. La subida, aunque dura, a ratos es algo más llevadera, lo cual te permite descansar un poco, y no tiene la dificultad y el peligro del Almanzor, pero ciertamente es un enorme orgullo conseguir llegar hasta esta cumbre, techo de toda la inmensidad de picos, barrancos y lagunas que es Sierra Nevada, y techo de toda la Península Ibérica y mayor satisfacción si cabe el poder hacerlo después de un trasplante renal y con dos compañeros de ascensión tan majos y tan buena gente... Arriba, en el vértice geodésico, la alegría, las fotos de rigor, la precaución también, como no, puesto que en uno de los lados estás expuesto al precipicio que es la cara norte, con una caída en vertical de casi quinientos metros. Y ya, para finalizar, decir que el descenso fue tranquilo, con algún que otro problema en los pies de nuestra compañera debido a unas rozaduras, nada de importancia y con algo de tiempo para esperar al microbús que nos devolvía de vuelta a Capileira, donde teníamos el coche. Y como no, agradecer a todas aquellas personas que altruistamente donan sus órganos para que gente como yo podamos realizar este tipo de aventuras que nos devuelven y a la vez nos dan la vida...

 

JAVIER DIEGO

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